Bernardo Souvirón, en su libro El rayo y la espada, nos ofrece una versión de la historia de Palas y de Atenea y de por qué la diosa griega adopta ambos nombres.
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| Foto: Jordi Giorgos Varkas, Atenas |
“Supongo que habrás oído hablar de Tritón, el dios marino que acompaña a
Poseidón por todos los mares del mundo. Se dice que tuvo una hija llamada
Palas. Era una muchacha hermosa que creció junto a las riberas del lago
Tritónide, en el norte de un país al que llaman Libia. La niña crecía feliz y
hermosa, pero estaba sola. Lejos de las moradas de los dioses, con su padre
permanentemente ausente, ocupado en formar parte del cortejo de Poseidón,
siempre en movimiento, Palas estaba ya casi acostumbrada a la soledad.”
(…)
“Pues bien, a Zeus le pareció que Atenea podría ser una perfecta compañera
de juegos de Palas, así que envió a su hija, la que fue alumbrada por él mismo,
la que nació preparada ya para el combate, al norte de Libia, a las orillas del
lago Tritónide. Palas acogió a Atenea con la alegría propia de quien pretende
eludir la soledad y Tritón respiró por fin tranquilo al saber que el mismo Zeus
había decidido que Atenea, su hija, creciera junto a Palas. Todo parecía ir
bien.
Las dos muchachas compartían el gusto por las armas y pasaban la mayor
parte del tiempo ejercitándose en las artes militares, propias de los hombres.
Montaban a caballo, combatían con espada y lanza, fortalecían sus músculos con
carreras, lanzamientos y saltos, y nadaban de madrugada en las aguas del lago.
Alejadas de los hombres y de los dioses, parecían vivir en un mondo perdido,
lejos de los agobios de la realidad.
Zeus contemplaba los juegos de guerra de las dos mujeres con un punto de
preocupación en su rostro: sabía que su hija era distinta a todas las demás,
que no tenía madre en la que fijar sus ojos, y que este hecho habría de marcar
la historia de toda su vida. Mas, a pesar de ello, se sentía obligado a
intentar que la muchacha cultivara más su lado femenino. Pasaba largas horas
intentando encontrar un modo de hacerlo, una vía por la que la feminidad de
Atenea pudiera encauzarse.
(…)
Una tarde Tritón, árbitro de la mayoría de las disputas entre ambas, no
estaba presente. Sobre la arena de las orillas del lago, Atenea y Palas
combatían a espada tratando de perfeccionar sus mañas. Palas era muy hábil
esquivando los mandobles de Atenea, y esa habilidad innata solía enardecer el
celo de la hija de Zeus, que se esforzaba por alcanzar el cuerpo de su oponente
con la hoja de su espada. Pronto los jadeos propios del esfuerzo sustituyeron a
las risas y el juego se transformó casi en una pelea.
En el momento en que el cansancio empezaba a hacer mella en los miembros de
las dos muchachas, Atenea pareció descubrirse un momento, como si el cansancio
físico estuviera nublando su concentración. Para entonces las dos mujeres
luchaban a brazo partido poniendo su máximo empeño en vencer en aquella especie
de juego que, definitivamente, se había convertido en un auténtico combate.
(…)
Cuando Palas percibió que la guardia de Atenea tenía un hueco, levantó su
espada y la dirigió contra ella. Por un momento pareció que la hija de Tritón
podía herir a Atenea. Entonces intervino Zeus, que sintió miedo por su hija y
se interpuso entre las dos contendientes, colocando su égida delante de Palas.
Ella, asustada, impresionada por la presencia del dios, quedó paralizada por un
momento y, distraída por completo, no pudo parar el golpe que le lanzó Atenea.
Mortalmente herida, cayó al suelo con estrépito. Su cuerpo quedó inmóvil
delante de los ojos de su rival que, al instante, sintió que un dolor profundo
apresaba todo su cuerpo.
(…)
Cuando Zeus se apartó, Atenea pudo ver en el suelo el cuerpo inerte de
Palas. Con el ánimo paralizado por su propio estupor, avanzó sobre él y se dejó
caer encima. Una angustia profunda, incontrolable, se apoderó de ella igual que
una enfermedad se ceba con el cuerpo de un mortal; de repente, el peso de la
vida, la angustia de la inmortalidad poseyeron por completo a la muchacha.
Desde lejos, su padre contemplaba la escena con calma, casi con desdén. Estaba
a punto de marcharse cuando escuchó, débiles como plumas, estas palabras de su
hija:
-Has muerto por culpa de mi arrogancia, amiga Palas. Nada de lo que yo
pueda hacer ahora te devolverá la vida, ni siquiera mi amor, mi deseo de que
vivas; ni siquiera el poder inmenso de mi padre. Pero haré que tu recuerdo
perdure para siempre, igual que mi dolor por haber causado tu muerte. Llevaré
tu nombre unido al mío y todos los hombres me conocerán con el nombre de Palas
Atenea. Quizá de esta manera, el dolor de tu muerte, el silencio del olvido, se
mitiguen en parte-.
Poco tiempo después, Atenea encontró un trozo de madera que cortó, pulió y
raspó con una habilidad que no sabía que tenía, y en poco tiempo aquel pecio
sin forma, aquel trozo de madera abandonado por las olas en una sola solitaria,
fue tomando la forma de una muchacha, la forma de Palas: el paladio.”


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